Todo empezó con un árbol. Un árbol genealógico. El de los Casais, de Tibães (Minho, Portugal), que se comprometieron a rescatar la manzana Porta da Loja de su casi extinción.
Siglos antes, los monjes benedictinos del Monasterio de Tibães habían preservado su cultivo con una devoción casi religiosa y, más tarde, los agricultores locales se acostumbraron a guardarla en la despensa ("loja") que quedaba detrás de la puerta de casa.

Heredar esta fruta delicada de los monjes y de los campesinos exigió a la familia Casais un espíritu de resiliencia. O, mejor dicho, un ritual de resiliencia.

Comenzaron por buscar los últimos árboles vivos, dispersos por tierras olvidadas. Colaboraron con investigadores agrícolas para catalogar y preservar ejemplares viables, plantando nuevos huertos que respetaran la integridad genética del árbol. Hoy, la manzana está de vuelta y puede disfrutarse en productos como sidra y mermelada, o degustarse al natural, entera y jugosa. El recuerdo permanece para siempre maduro.
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